Tiempo Ordinario
Me dejé seducir
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22º Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A
30 de agosto de 2026
Jeremías 20,7-9 · Salmo 62(63) · Romanos 12,1-2 · Mateo 16,21-27
Queridos hermanos y hermanas, en la oración colecta de la misa de hoy pedimos a Dios: «Siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre.»¹ Es una oración que elevamos a Dios pidiendo justamente que nuestros corazones puedan amar el nombre de Dios. Y esta acción de nuestra parte es una respuesta al amor de Dios, que primero se comunicó a nosotros. Sin embargo, nuestra respuesta es necesaria para que podamos estrechar esos lazos con Dios. Por su parte, Él está siempre cerca de nosotros, pero también nosotros necesitamos vivir esta cercanía suya, una cercanía que pase por nuestra vida, por lo concreto de aquello que vivimos.
La misma oración, continuando, dice: «y, estrechando los lazos que nos unen contigo, haz crecer en nosotros lo que es bueno y guarda con amoroso cuidado lo que nos has dado.» Es decir, cuando estrechamos nuestros lazos con Dios, y así nos empeñamos en esta obra de salvación que Dios realiza en favor nuestro, colaborando con su acción, lo que es bueno crece en nosotros. No somos buenos porque no hagamos cosas malas. La bondad verdadera, aquella esencia de la bondad, consiste en estar en la presencia de Dios. Si estrechamos nuestros lazos con Él, esa bondad entonces crece en nuestros corazones, precisamente porque crece en nuestra vida la presencia de Dios. Lo cual, traducido, sería: nos abrimos a la acción de Dios, damos espacio a la palabra de Dios en nuestras vidas, trabajamos según la gracia de Dios, y por eso mismo la presencia de Dios va creciendo en nuestras vidas. Es algo encarnado. Aquí está la dinámica de la encarnación: la obra de la encarnación crece en nuestras vidas, de tal forma que nosotros, entonces, somos transformados por esa presencia divina, por la presencia que nos santifica y que nos salva. Entonces, aquello que Dios nos pide es también para que podamos, obrando según Él, crecer en el bien mismo, en aquello que es bueno para nosotros, y que es salvación en nuestras vidas.
Un elemento muy interesante está justamente en el hecho de que la oración sea una súplica a Dios para que Él nos ayude en la correspondencia a su amor, porque solamente en la correspondencia el amor de Dios, que es dinámico y fuente de vida, produce los efectos de vida en el corazón que responde.
En la primera lectura, del profeta Jeremías, escuchamos: «Me sedujiste, Señor.»² Es la experiencia del amor de Dios que se manifiesta a nosotros. Dios, en su grandeza, nos envuelve con su amor, que nos seduce y nos atrae hacia sí. Sin embargo, ese Dios que nos atrae hacia sí, en esta obra, hace que el corazón humano lo desee. La lectura continúa diciendo: «y me dejé seducir.» Es decir, aquel corazón que, contemplando el amor de Dios, se deja llevar por la obra del amor de Dios. El dejarse seducir, entonces, es una acción de correspondencia al amor de Dios. Dios mismo exige esa respuesta, y nosotros colaboramos con Él cuando nos dejamos seducir y nos entregamos a su proyecto, a su acción, para que Él pueda conducir nuestros pasos, de una manera muy concreta en nuestra historia.
Recuerdo aquí al Papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus Caritas Est, que hace una referencia a ese amor.³ El amor de Dios tiene también características de eros, es decir, aquel amor que exige una respuesta. El amor de Dios es oblativo, se da enteramente, pero también exige de nosotros esa respuesta. Ahí está la característica del amor eros: incitar la respuesta. Entonces, también en nuestras vidas, viviendo la experiencia del amor de Dios y lanzándonos en esta aventura de dejarnos conducir por Él, vivimos también esa doble realidad.
El profeta dijo: «Fuiste más fuerte que yo y me pudiste. Todo el día soy la irrisión de todos, todos se burlan de mí.»⁴ Es decir, él está caminando en la perspectiva de ese amor oblativo de entregarse; vive las dificultades y permanece aun así firme en la misión, aun con las angustias, con el amargor de aquella oposición que existe a la palabra de Dios, a la cual él es fiel. Él permanece. ¿Y por qué permanece? Porque, aun cuando desea apartarse de la misión a causa de tantas dificultades, todavía tiene la experiencia de no resistir a la acción de Dios. Es decir, siente las dificultades en su vida, siente los dolores en la misión, pero no ha creado resistencia a Dios. Como permanece con el corazón abierto a Dios, no consigue detenerse, porque no consigue desvincularse de Dios. Él quiere permanecer en esa comunión; tiene conciencia del propio drama, de sus dificultades, pero el amor de Dios es aquel espacio, como una plataforma, donde su vida sucede: con los dolores, las alegrías, los sufrimientos, las persecuciones. Pero Dios está allí, como aquel que es el fundamento que da sentido a todo.
El estribillo del salmo de hoy trata de esto de una forma muy bella: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.»⁵ Estamos llamados a vivir este salmo como verdadera oración, es decir, aquella oración del reconocimiento de quién es Dios, de su amor que nos alcanzó y nos sedujo, y también de nuestro corazón, que se dejó seducir por ese amor y lo desea cada día más, y cada día más quiere permanecer allí con Él. Y, al mismo tiempo, la permanencia se da dentro de una dinámica. No es un permanecer inerte: es el permanecer de aquella persona que está en camino y cada día más desea acercarse a ese amor, dar pasos de acercamiento. Quiere decir, en su vida interior el corazón seducido crece en la intimidad con Dios. Hay un estrechamiento en los lazos de amor para con Dios.
En el evangelio de hoy, de san Mateo, tenemos a Jesús que muestra en su propia vida y misión el dolor, el sufrimiento humano a causa de la Palabra encarnada.⁶ Es decir, aquello o aquellos que están contra la palabra de Dios no van a perdonar a las personas que llevan en sí la palabra. Esas personas, entonces, van a sentir en su propia carne una oposición que no es una oposición a ellas, sino a la palabra que llevan dentro. Por eso mismo, una persona así va también a enfrentar esta realidad: Dios la sedujo, y ella se dejó seducir por Dios, y ahora no consigue decir no a la misión porque no quiere ya apartarse de Dios.
Jesús es la encarnación misma de esta obra de Dios. Es en Él donde la voluntad de Dios se encarna, fructifica y produce la salvación. La vivencia cristiana, entonces, se vuelve una especie de imitación de Cristo, una imitación que no se reduce a ser simplemente moral, sino una imitación como aquellos que recibieron la gracia de la santificación por el bautismo y ahora, viviendo esa gracia, desean cada vez más unirse a aquel que es la fuente de todo bien y del amor eterno.
Pedro, sin entender todavía esa profundidad de la dinámica de la relación de Dios con la humanidad, y sin entender todavía toda la profundidad de la palabra del propio Maestro, quiere reprender a Jesús con buena intención. Él quiere que Jesús no sea muerto, que no sufra; al fin y al cabo, ama a Jesús y por eso mismo quiere también su bien. Sin embargo, es necesario que Pedro pueda salir de la mentalidad de aquellos que sólo quieren evitar los dolores y los sufrimientos, para entrar en una mentalidad nueva, es decir, aquella mentalidad propiamente evangélica. Jesús dice: «¡Apártate de mí, Satanás!»⁷ Una frase muy fuerte. Pero, en realidad, ¿qué está diciendo Jesús? El lugar de Pedro es en el seguimiento de Jesús: no es Jesús quien debe seguir a Pedro, sino Pedro quien debe seguir a Jesús. Pedro debe todavía adentrarse en el Evangelio, conocer más su profundidad, percibir su riqueza y su belleza, que es lo que puede quitarle todo miedo y toda angustia y llevarlo a aquel estrechamiento de lazos con Dios, de tal forma que el reconocimiento de la presencia de Dios pueda ser más fuerte y pueda dirigir su vida.
Jesús mismo dice: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿O qué podrá dar alguien a cambio de su vida?»⁸ El don, el bien mayor, es la vida. Esta vida la encontramos en Dios. Jesucristo, entonces, es este don de la vida que Dios hace a la humanidad. La comunicación del don de la vida, para que todo aquel que esté unido a Cristo pueda recibir esta nutrición vital, de tal forma que, abastecido y nutrido por la gracia de la salvación, pueda tener la vida verdadera.
La vida verdadera que nos trae Jesús apunta más allá de esta existencia, tal cual la conocemos. Él anuncia su sufrimiento, su pasión, su muerte y que debía sufrir mucho, pero es aquel que también debe resucitar al tercer día. Esta parte parece que Pedro no consiguió entender. Después, meditando los evangelios que narran las apariciones de Jesús tras su resurrección, entendemos bien: él todavía no comprendía qué significaba resucitar de entre los muertos.⁹ Aquella comprensión viene con el testimonio de Cristo vivo y resucitado. Pedro necesita todavía llegar a este conocimiento del resucitado. Y esto es un testimonio también para nosotros: necesitamos encontrar a Cristo y dar testimonio de Él como el resucitado.
En la segunda lectura, Pablo nos exhorta a vivir nuestra vida como sacrificio vivo;¹⁰ no como quien busca sufrimientos, sino como entrega a Dios, como entrega a su amor. Aquel corazón que ha sido seducido y que se dejó seducir por Dios se ofrece ahora enteramente a Él, aun consciente de las dificultades, de los sufrimientos, de las situaciones de oposición que encuentra. El culto espiritual, entonces, es justamente ese culto profundo, donde la alabanza, la acción de gracias, el sacrificio son ofrecidos de un corazón que está inmerso en el amor; alcanzado por este amor y colmado por él, puede hacer de sí mismo una ofrenda. Es el corazón que no vive vuelto hacia sí ni hacia asegurar los bienes que posee, sino aquel que descubre que el verdadero bien está en el encuentro más allá de sí, y por eso mismo se proyecta hacia fuera, en este darse sin medida, porque sabe que aquel que lo recibe tiene la capacidad de superar nuestro propio don y, al mismo tiempo, lo acoge y lo eleva, para que así la perfección pueda estar en nuestras vidas. No es, entonces, una perfección moral de nuestra parte en primer lugar, sino la perfección de la obra de Dios, de su presencia que nos eleva, de tal forma que nuestro obrar moral puede, entonces, aprender de esta obra que Dios mismo realiza en nosotros.
Por eso mismo Pablo, en su exhortación, dice: «No os ajustéis a este mundo.»¹¹ Es decir, el mundo no debe ser la forma que nos moldea. Continuando, dice: «Sino transformaos, renovando vuestra manera de pensar y juzgar.» Es decir, aquel que nos modela debe ser Dios mismo. Estamos en el mundo, estamos insertos en el mundo, pero al mismo tiempo tenemos una vocación eterna. Estamos llamados a modelarnos a partir de la experiencia de aquel que es eterno. Y aquel que es eterno transforma nuestra vida, nuestro amor, nuestra mirada, para que podamos distinguir, en nuestra vida, aquello que es bueno de aquello que no lo es. Mejor dicho: distinguir la voluntad de Dios en nuestra vida, aquello que le agrada, aquello que es bueno y, al mismo tiempo, nos santifica y nos da la verdadera paz.
Vivir, entonces, la Eucaristía dominical no solamente como un cumplir el precepto, sino como un sumergirse en cuerpo y alma en el misterio de Cristo mismo, vivo y resucitado, que allí se manifiesta, es una necesidad vital para la nutrición de la vida cristiana. La Eucaristía existe porque Él resucitó de entre los muertos. Aquel que se da en la Eucaristía es el mismo que resucitó de entre los muertos. No es sólo un elemento que nos recuerda quién fue Cristo, sino alguien: su presencia viva y vivificante.¹²
Si hoy, entonces, queremos ser cristianos, debemos asumir su presencia. Es decir, si queremos ser cristianos, debemos seguir los pasos de nuestro Señor Jesucristo. Es en su seguimiento donde nuestra vida encuentra el verdadero sentido. Y es en ese seguimiento donde vamos entendiendo cuán profundo, bello y, al mismo tiempo, fuerte y eficaz es el amor de Dios, que produce en nuestras vidas un sentido que supera el dolor mismo y produce en nuestra vida aquella vida que nadie puede arrancar. Es decir, pueden quitar la vida a alguien que está en tan grande amistad con Cristo, en el sentido de eliminar su existencia; pero aquella vida que es engendrada por Dios no es quitada: pasa a brillar aún más. Y así, esta persona que, viviendo un martirio, vive su comunión con Dios hasta las últimas consecuencias es justamente la persona que hizo la experiencia de ponerse en el discipulado de Jesús, pasó por la muerte y, por eso mismo, puede entonces esperar con confianza la resurrección de los muertos.
Al fin y al cabo, aquel que nos da el don de la vida verdadera nos da un don que no se pierde en esta existencia por estar sometido a ella, que no encuentra su fin en nuestro fin, en el fin de nuestra existencia, sino que trae la semilla de la vida eterna. Y por eso mismo esta semilla puede crecer desde ya, producir sus primeros frutos, pero producirá también aquellos últimos frutos, es decir, aquella vida que está por encima de toda muerte, la vida vencedora de la muerte y, por eso mismo, la vida que permanece para siempre. Sólo Dios tiene el poder de sostenernos para la eternidad y de hacer que vivamos la eternidad como comunión, y no como separación.
Que podamos, entonces, movidos por la luz de la liturgia de la palabra de hoy, adherirnos más a Cristo, para que en Él podamos hacer y renovar constantemente nuestra experiencia de Dios. Una experiencia que no es simplemente particular, no es aquella experiencia intimista de Dios que encierra a la persona en sí misma, sino la experiencia personal, una experiencia de encarnación. Una experiencia que toca toda nuestra existencia, toca nuestra interioridad, pero también se traduce en obras que pueden percibirse en la exterioridad. Es una obra completa: no nos hace simplemente sentirnos bien, nos hace vivir el verdadero bien; hace que el bien realmente crezca en nuestra vida. Un bien que no se reduce al sentimiento; un bien que, aun cuando nuestro sentimiento no está a favor, permanece el mismo, así como el profeta que, cuando pensó en desistir, en callar, no consiguió resistir a la presencia de Dios. Porque, aun cuando sus sensaciones no colaboraban para la vivencia de su misión, en su fe él percibió: Dios seguía allí y era el bien que lo sostenía y que lo nutría; entonces era allí donde él debía estar.
Que podamos, entonces, en Cristo, vincularnos cada vez más a Dios. Estar en esa relación con Él de manera que deseemos ese estrechamiento de relaciones cada vez más, para que, en este esfuerzo nuestro, en este empeño y orientación de vida, la obra misma de Dios crezca en nuestras vidas, y Él pueda entonces santificarnos y salvarnos, a cada uno de nosotros.
¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo! ¡Por siempre sea alabado!
Notas
Lecturas del 22º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A: Jeremías 20,7-9; Salmo 62(63),2.3-4.5-6.8-9; Romanos 12,1-2; Mateo 16,21-27.
- 1. Oración colecta del 22º Domingo del Tiempo Ordinario (Misal Romano). Toda la homilía se apoya en esta oración.
- 2. Jeremías 20,7, comienzo de la primera lectura: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir.»
- 3. Benedicto XVI, carta encíclica Deus Caritas Est (25 de diciembre de 2005), nn. 9-10: el amor de Dios por el hombre es eros y, al mismo tiempo y totalmente, agape — amor que atrae y amor que se entrega, sin que uno se oponga al otro.
- 4. Jeremías 20,7b-8a, en la continuación de la primera lectura. El «no puedo resistir» del final de la lectura está en 20,9.
- 5. Salmo 62(63),2 — estribillo del salmo responsorial: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.»
- 6. Mateo 16,21-27, el Evangelio del día: el primer anuncio de la pasión, la reprensión a Pedro y las condiciones del seguimiento.
- 7. Mateo 16,23: «¡Apártate de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres.»
- 8. Mateo 16,26, todavía en el Evangelio del día.
- 9. Marcos 9,10: después del segundo anuncio de la pasión, los discípulos discutían entre sí «qué significaba resucitar de entre los muertos»; cf. Juan 20,9.
- 10. Romanos 12,1, la segunda lectura: ofrecer los propios cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios — este es el culto espiritual.
- 11. Romanos 12,2, en la continuación de la segunda lectura: no ajustarse a este mundo, sino transformarse renovando la propia manera de pensar y juzgar, para poder discernir cuál es la voluntad de Dios.
- 12. La liturgia llama a ese «hoy» memorial: no el recuerdo de un hecho ausente, sino la presencia del misterio mismo que se celebra. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1085 y 1362-1366.
Texto revisado para su publicación. La revisión corrigió concordancia, régimen, puntuación y repeticiones, sin alterar el contenido de la predicación. Las notas fueron añadidas en esta edición y no formaban parte del texto predicado: indican los pasajes citados o aludidos en la homilía y las lecturas propias del día.
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