Triduo Pascual
¿Dónde está Dios? En la caridad
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Celebración de la Pasión del Señor · Viernes Santo
3 de abril de 2026
Queridos hermanos y hermanas, la celebración de la pasión de Cristo nos toca de varias formas: ya sea en nuestra sensibilidad, ya sea por la experiencia de fe, ya sea por la memoria que traemos de vivencias pasadas de la Semana Santa, ya sea como gesto de caridad. El dolor y el sufrimiento de Jesús, sin embargo, son lo que más nos tocan. Sentimos por Él, que sufre su pasión y muerte. Pero, hablando a las mujeres de Jerusalén, Él mismo dice que ellas no deben llorar por Él, sino por sus propios hijos.1 Esta respuesta de Jesús nos hace confrontar con nuestra propia realidad. Su sufrimiento en la carne y en el espíritu es real y doloroso, pero Él no sufre por sus pecados y sus culpas. Nosotros, hijos de Adán, traíamos sobre nosotros el pecado y la muerte.2 Él estaba desfigurado en su apariencia;3 nosotros estábamos desfigurados en nuestra propia humanidad, incapaces de realizar nuestra vocación de amistad y comunión con Dios.
El misterio de Cristo sigue siendo hoy una luz que ilumina nuestra conciencia, para que no nos conformemos al mundo y seamos, sí, modelados a los moldes de la santa humanidad de Nuestro Señor.4 Miremos con atención el rostro desfigurado de Jesús y veamos la consecuencia del pecado en nosotros. Lo miramos a Él, pero nos vemos a nosotros mismos. Nos causa dolor ver nuestra triste condición, con una verdad innegable que nos lleva a una confrontación con aquello que tantas veces intentamos negar y encubrir. Cuando pecamos, nuestra conciencia nos acusa, es verdad; pero el pecado también produce insensibilidad. De suerte que, en la negación del pecado por la afirmación de una normalidad —todos lo hacen, el mundo es así—, la conciencia anestesia el dolor del pecado, pero eso no impide ni retrasa los males que este causa. De una humanidad que se degenera no pueden brotar obras de justicia. De un corazón corrompido brotarán acciones corrompidas y corruptoras. La situación en que se encuentra la humanidad tras el pecado de Adán y Eva es de mayor tristeza que la situación en que se encuentra Jesús en su pasión y muerte en la cruz. Él sufre terriblemente, pero actúa en la verdad y en la caridad, que brotan de un corazón santificado. Por eso, su acción está llena de esperanza, mientras que las acciones de la humanidad, que intenta huir del dolor a toda costa, están llenas de desesperación. El pecado no puede ofrecer la visión de Dios.5 La caridad nos une a Dios y hace surgir en nosotros la fe y la esperanza. Ella está viva y trae vida a la humanidad, y no conoce muerte o fin, pues existe desde siempre y para siempre.6
Isaías afirma, al hablar del siervo sufriente, que él no sufría por sí mismo, sino por nosotros.7 Cristo es este siervo sufriente, que trae estampada en su humanidad la tragedia que aflige a todo ser humano. ¿Por qué Él toca la condición humana y se deja herir? ¿No sería mejor un camino con menos sufrimiento y dolor? En la mentalidad de quien se cansó de ver el sufrimiento y el dolor que el pecado trae y, al mismo tiempo, es incapaz de hacer que el pecado deje de existir, estos cuestionamientos resuenan con gran fuerza. Pero nosotros somos impulsados hoy a mirar la realidad de la pasión con la mirada de Cristo. ¿Cómo ve Cristo su propia pasión? ¿Cómo la vive? ¡En la caridad! En Cristo, la humanidad que abre de par en par el sufrimiento y el dolor del corazón humano —causados por la condición de pecado en que el hombre se encuentra— es la misma humanidad llena de caridad, que vive en Dios y camina hacia Él. Si contemplamos la pasión con esta mirada, veremos en ella no solamente el dolor que queremos evitar: contemplaremos la caridad y la misericordia divinas. Vemos ahí la mirada de Dios que se vuelve hacia nosotros y viene en nuestro auxilio.
¿Qué es lo que realmente está presente en la pasión y muerte de Nuestro Señor? El amor misericordioso de Dios, que toca las heridas humanas para curarlas. No debemos, de ninguna manera, enaltecer el sufrimiento y el dolor como medios eficaces de redención, pues no lo son. Quien nos redime es el amor que, estando lleno de verdad, no se desvía de nuestro rostro desfigurado. Así, aquello que tanto intentamos evitar es transformado por la caridad y adquiere un sentido redentor. El sufrimiento del cristiano logra traducir el amor de Dios, pues es entrega amorosa a ejemplo de Jesús. En un mundo marcado por guerras, con tantos marginados por la indiferencia y carente de justicia, la caridad sigue siendo el lugar de vida del cristiano. Debemos, continuamente, luchar por la paz y sembrarla, pero no debemos olvidar que la paz que viene de Dios no está subyugada a la calma.8 No debemos amedrentarnos ni desesperar ante las lacras del mundo. Firmes en Cristo, que dio la vida para nuestra salvación, debemos cargar nuestra cruz personal9 —es decir, actuar con caridad incluso ante el odio y el mal que asolan el mundo.
Hoy nos encontramos ante la cruz de Nuestro Señor, y no necesitamos tenerle miedo ni desviar nuestra mirada. Pues ahí contemplamos el amor salvador y redentor de Dios, comunicado a nosotros, que nos transfigura haciendo resplandecer en nosotros la belleza de ser hijos de Dios. El beso de la cruz no es compasión con el Cristo que sufre, sino un sí verdadero y honesto al seguimiento de Él, que primero nos amó y por nosotros se entregó sin reservas.10 Podemos decir, al besar la cruz: vivimos la reconciliación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Al adorar a Cristo en la cruz, estamos reconociendo que la verdad nos libera de forma real11 y que verdad y caridad no son un complemento la una de la otra, sino que son una única realidad. Adorar a Dios en la cruz es reconocer y afirmar su presencia junto a todo aquel que sufre, ya sea en el cuerpo, ya sea en el espíritu. ¿Dónde está Dios cuando vemos guerras y sufrimientos? Él está en su lugar. Y este lugar no es un rincón ajeno e indiferente a la humanidad. El lugar propio de Dios es la caridad. ¿Dónde está Dios? ¡En la caridad!
El sacrificio de Jesús, sumo sacerdote de la nueva alianza, es eterno.12 Al asociar nuestra vida a la de Él, comulgamos en su amor, que tiene el poder de sostenernos eternamente. Quien vive la caridad cultiva tesoros inmensos, que permanecen en el tiempo sin corromperse.13 Las guerras cesarán, el sufrimiento y el dolor pasarán, el odio desaparecerá, pero el amor y la misericordia de Dios duran para siempre.14 Lo que en nosotros sea consagrado en el amor de Dios aquí en esta vida permanecerá para siempre, lleno de alegría y paz. El camino de Jesús es humilde, pero Él es quien triunfa. Es su amor el que vence a la muerte. Cuando el cuerpo de Jesús es depositado en el sepulcro, la muerte conoce el amor eterno y lleno de vida de Dios, y ni siquiera ella puede resistir a tamaño amor. No es la vida la que existe donde no hay muerte: es la muerte la que no puede contra Aquel que es la vida misma.15
Nuestra vida no necesita ser una búsqueda de sufrimiento. Nuestro llamado es a la vida en la caridad, sin desviarnos de la verdad. Viviendo así, será imposible ser indiferente a los dolores propios y de los demás. La pasión de Jesús abrasa nuestros corazones y los cura, para que podamos amar según el corazón de Dios. En un momento tan doloroso como este, tuvimos la consolación de nuestro corazón y la cura de nuestras heridas. Que el amor de Dios, propagado por nosotros en una vida de caridad, pueda consolar a tantos que sufren en el mundo y curar las heridas de la humanidad.
El silencio y la adoración que prestamos a Cristo crucificado nos ayuden a sumergirnos más profundamente en el misterio de nuestra redención y salvación. Acompañemos a Cristo en sus sufrimientos y muerte, para que su caridad fecunde nuestros corazones y nos transforme desde dentro.
¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!
Notas
Lecturas de la Celebración de la Pasión del Señor — las mismas todos los años: Isaías 52,13—53,12; Salmo 30(31); Hebreos 4,14-16 y 5,7-9; Pasión según San Juan (Juan 18,1—19,42).
Lucas 23,28: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos.” El pasaje es de Lucas: el Viernes Santo se lee la Pasión según Juan, donde este episodio no aparece. Es conocido sobre todo por la octava estación del vía crucis. ↩
Romanos 5,12-19: “por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte”. ↩
Isaías 52,14: “tan desfigurado estaba su aspecto, que ya no parecía un hombre”. Está en la primera lectura del día. ↩
Romanos 12,2: “no se conformen a este mundo, sino transfórmense por la renovación de su mente”. ↩
Mateo 5,8: “Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios.” ↩
1 Corintios 13,8.13: “La caridad jamás acabará… Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad.” ↩
Isaías 53,4-5: “Eran nuestros dolores los que él llevaba sobre sí… y por sus llagas fuimos curados.” ↩
Juan 14,27: “Les dejo la paz, les doy mi paz; no se la doy como la da el mundo.” ↩
Lucas 9,23: “Si alguno quiere venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame.” ↩
1 Juan 4,19: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero.” Y Gálatas 2,20: “me amó y se entregó por mí”. ↩
Juan 8,32: “Conocerán la verdad, y la verdad los liberará.” ↩
Hebreos 4,14-16 y 5,7-9, la segunda lectura del día; cf. Hebreos 9,11-14, sobre el sacrificio de una vez para siempre. ↩
Mateo 6,19-21: “Acumulen tesoros en el cielo, donde la polilla y el óxido no corroen.” ↩
1 Corintios 13,8; y el estribillo del Salmo 135(136): “eterna es su misericordia”. ↩
Juan 11,25: “Yo soy la resurrección y la vida”; y Juan 14,6. ↩
Texto revisado para su publicación. La revisión corrigió concordancia, régimen, puntuación y repeticiones, sin alterar el contenido de la predicación. Las notas fueron añadidas en esta edición y no formaban parte del texto predicado: indican los pasajes citados o aludidos en la homilía y, cuando la liturgia del día es fija, las lecturas propias de la celebración.
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