Palabra

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Solemnidad del patrono

Vivamos por la fe

Solemnidad de San Antonio de Lisboa

13 de junio de 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, una sola es la fe que nos une, así como un solo es el Dios que nos dirige su Palabra. Después de estos días celebrando la trecena preparatoria,1 llegamos al día en que celebramos a nuestro patrono, San Antonio de Lisboa. Y podemos decir: llegamos más preparados espiritualmente. Pudimos, en estos días, acercarnos más aún al Dios que nos habla, con el corazón ahora más atento para escuchar su voz. Precisamente aquí está un elemento central de la fe: la fe como don sobrenatural concedido a nosotros por Dios para que podamos oír, acoger y vivir su Palabra. Fuimos inmensamente enriquecidos en estos días de fiesta, aun sintiendo el peso del cansancio a causa de las diversas actividades.

Habiendo meditado y rezado el tema de la fiesta —¡Vivamos por la fe!2—, podemos formular la pregunta: “¿Qué nos da la fe?”. Lo que exige otra pregunta: “¿Qué es y en qué consiste la fe cristiana?”. Existe una comprensión genérica de fe como únicamente creer en la existencia de un Dios, muchas veces con un rostro que contradice al Dios que nos presenta Nuestro Señor Jesucristo. O sea, ¡tal creencia no es cristiana! ¿Ese tipo de creencia es raro en nuestros días? En verdad, ¡no! Por el contrario, está muy difundida. Ahí está la idolatría de los que no quieren inclinarse ante Dios, sino solamente fabricar su propio dios de acuerdo con su gusto y estilo personales. Bíblicamente, la idolatría no está en el uso de imágenes, sino en concebir un dios para sí. Oír y concebir constituyen dos acciones completamente diferentes entre sí. Cuando yo concibo un dios, soy yo quien me estoy expresando. Cuando oigo a Dios, es Él quien habla, y a mí me corresponde escuchar. “¡Escucha, Israel!”3 La fe es el don que me permite acoger la Palabra de Dios y vivir en su santa voluntad.

El Dios de Jesucristo es el que habla; no es mudo. Su Palabra llega al corazón humano, lo ilumina y lo purifica, exigiendo crecimiento y, por lo tanto, desalojándonos de donde estamos. Luego, esta Palabra nos incomoda, haciéndonos percibir que no vivimos solamente para esta vida, sino para conformarnos a las realidades del cielo. La vida cristiana, como peregrinación hacia el cielo, está constantemente marcada por la inquietud y por el sentirse desalojado. Retomando la pregunta —“¿Qué nos da la fe?”—, y en consonancia con lo que los catecúmenos responden al ser interrogados antes del Bautismo, respondemos: “La vida eterna”.4 Es grande, por lo tanto, el don que nos viene por la fe cristiana. Al vivir por la fe, acogemos el don de la salvación y de la vida nueva y orientamos nuestra vida hacia lo alto, donde está Dios.5 Tenemos aquí un maravilloso encuentro: Dios que viene a nosotros, y nosotros que somos elevados por su gracia a sus alturas.

Así, al volver nuestra mirada hacia Antonio, encontramos en él la presencia santificante de Dios, porque él vivió su vida por la fe. Antonio, inspirado en el testimonio de los franciscanos, quería ir a África a anunciar el Evangelio y allí morir martirizado.6 A pesar de que esos eran sus planes, y por más loables que fueran, un santo que vive por la fe necesita, antes que nada, oír de Dios cuáles son los planes divinos para su vida. Al llegar a África, Antonio enferma y no logra hacer lo que había planeado. No por eso se pierde en la frustración de no poder hacer lo que quería. Volviendo su corazón a Dios, hace el discernimiento de que lo que él quería no era la voluntad de Dios. Este lo quería en otro lugar. Entonces, decide volver a Portugal. Pero va a parar a Italia.7 San Antonio, porque es hombre de fe verdadera, se coloca en el servicio del Reino con un corazón atento a la voluntad de Dios. Como no se queda pasivo ante la mies, se lanza a la misión. Como un siervo, no quiere decir cómo la viña del Señor debe ser cultivada, sino que se coloca en el servicio con la obediencia de la fe.8 Por eso, va a parar donde Dios lo quiere.

El testimonio de nuestro patrono es fuerte y hasta nuestros días posee gran vitalidad. Ser devoto no consiste en pedir milagros, sino en seguir el ejemplo del Santo —como es conocido en Padua9— y en confiarse a su intercesión. Nos encontramos hoy en esta posición de devotos de San Antonio de Lisboa y, como tales, somos provocados a dejar que esa fe viva, que guio a Antonio, nos guíe. Nuestros días son otros, y tampoco nos encontramos en el mismo lugar que él. Sin embargo, el Dios de Antonio era el Dios verdadero, para el cual no existen límites ni de espacio ni de tiempo. Y es Él quien es esencial. En otro tiempo y en otro lugar, también nosotros hoy somos trabajadores de la misma viña del Señor.

¡Cuánto servicio fue necesario para que esta fiesta sucediera! ¡Cuántas personas involucradas! Y lo que nos motivó fue nuestra fe. Movida por ella, cada persona se puso a servir no buscando un fin útil e inmediato, sino la gloria de Dios. No fue un trabajo desordenado, en el que cada uno hacía prevalecer su voluntad, sino un trabajo coordinado. Más allá de las figuras que asumieron las coordinaciones de equipos, lo que nos permitió actuar de forma coordinada fue volver nuestro corazón a Dios y oír su voz. En este gesto crecemos espiritualmente, percibiendo que, más allá de nosotros mismos y de nuestra voluntad, existe una voluntad mayor que nos ampara, nos conduce y nos salva. Entonces, todo aquel que vive por la fe hace la experiencia de ser sostenido y elevado por la mano de Dios, aun cuando encuentra fatiga en la misión.

Invito a cada uno que está aquí a imaginar cómo sería una comunidad de discípulos de Jesús que se dejan guiar por el Espíritu Santo. ¡Cuántos frutos produciría esa comunidad! ¡Cuán revolucionaria, en el sentido positivo y propositivo, sería! ¡He ahí nuestra vocación! Nada menos que eso. Somos llamados a algo mayor que hacer este o aquel evento: a testimoniar nuestra fe. Y eso ya está sucediendo entre nosotros. Porque nuestros corazones se abrieron al don de Dios y quisieron caminar por la fe, Dios está haciendo hoy su obra en medio de nosotros y en nuestros propios corazones; precisamente porque nuestros corazones son trabajados por Dios es que su obra sucede en medio de nosotros. La viña es del Señor, y nosotros somos sus humildes trabajadores.

El obrar de Dios en nuestros corazones no es una negación de nuestra capacidad de querer. ¿Qué quiere decir eso? Dios actúa en nuestros corazones dialogando con nosotros. Y en ese diálogo podemos conocer su santa voluntad y adherir a ella. Entonces, nuestra voluntad no es pasiva ni anulada: es fortificada por la gracia divina, para que podamos querer lo que el propio Dios quiere. Por lo tanto, cuando Dios trabaja en nuestros corazones, también nosotros somos llamados a trabajar con Él. Si los efectos de la acción de Dios surgen en nuestras vidas, es porque la voluntad de cada corazón se empeñó en querer y asumir la voluntad del buen Dios.

Grande es nuestra alegría al percibir que no trabajamos en vano cuando vivimos por la fe.10 En nuestras frágiles capacidades actúa el poder eterno de Dios, y su amor genera vida en nosotros y entre nosotros. Recordémonos ahora, con el corazón humilde, de presentar al Señor de la mies los frutos de nuestro trabajo, agradecidos porque Él nos llama a su servicio y a producir fruto.11 Cuando hacemos la ofrenda de los frutos de nuestros trabajos a Dios, no nos quedamos con las manos vacías. ¡Muy por el contrario! El don de Dios nos enriqueció, y, haciendo de nuestra propia vida un don, permanecemos en esa riqueza, pues poseemos al propio Dios y somos habitados por Él.

¡Que nuestro patrono, gran ejemplo de vida vivida por la fe, nos inspire a oír la voz de Dios y caminar en su santa voluntad! ¡Amén!

¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!

Notas

Las lecturas de esta celebración no están identificadas en el texto predicado; por eso no se registran aquí. Las notas indican apenas los pasajes que la homilía cita o a los cuales alude, y los datos históricos sobre San Antonio.

La trecena. Los trece días de preparación que anteceden a la fiesta de San Antonio, celebrada el 13 de junio —día de su muerte, en Padua, en el año 1231. ↩

“Vivamos por la fe.” Tema de la fiesta. La expresión hace eco a Habacuc 2,4, retomado en Romanos 1,17 y Gálatas 3,11 —“el justo vivirá por la fe”—, y 2 Corintios 5,7: “caminamos por la fe y no por la visión”. ↩

Deuteronomio 6,4: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.” Es el Shemá, la profesión de fe de Israel. ↩

Diálogo de apertura del Rito del Bautismo: “¿Qué piden a la Iglesia de Dios?” — “La fe.” — “¿Y qué les da la fe?” — “La vida eterna.” ↩

Colosenses 3,1-2: “Busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.” ↩

Antonio era canónigo regular de San Agustín cuando, en 1220, llegaron a Coímbra las reliquias de los cinco franciscanos martirizados en Marruecos. Fue ese testimonio el que lo llevó a pedir el hábito franciscano y a partir hacia África. ↩

Enfermo, tuvo que dejar Marruecos. La nave en que volvía a Portugal fue desviada por una tempestad hacia Sicilia —y fue así como llegó a Italia, donde viviría el resto de su vida y donde moriría. ↩

“Obediencia de la fe”: Romanos 1,5 y 16,26. La imagen de la viña y de la mies: Mateo 20,1-16; y Mateo 9,37-38 (cf. Lucas 10,2): “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies.” ↩

En Padua, donde murió y está sepultado, Antonio es llamado simplemente il Santo —“el Santo”—, y la basílica que guarda su cuerpo, la Basilica del Santo. ↩

1 Corintios 15,58: “su trabajo no es vano en el Señor”. ↩

Juan 15,16: “Yo los elegí y los destiné para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.” ↩

Texto revisado para publicación. La revisión corrigió concordancia, régimen, puntuación y repeticiones, sin alterar el contenido de la predicación. Las notas fueron añadidas en esta edición y no formaban parte del texto predicado: indican los pasajes citados o aludidos en la homilía y, cuando la liturgia del día es fija, las lecturas propias de la celebración.

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